Cuidar Las Armas

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Los seguidores de la actualidad musical de la ciudad en redes sociales se habrán percatado de algún pequeño amago de seísmo estas últimas semanas en torno a Las Armas.

En estos tiempos donde es más productivo y ameno protestar que construir, podríamos restarle importancia a estos tres o cuatro ciberdesahogos, a menudo fruto de algún calentón por algún comentario impertinente. Pero los que conocemos los dedos que hay detrás de esos teclados sabemos de su escaso victimismo y afán de protagonismo, por lo que nos tomamos muy en serio las palabras de Manu, Víctor y Sergio estos últimos días.

No es necesario ser un melómano empedernido para estar al tanto de lo que ha conseguido aportar Las Armas a Zaragoza en estos cuatro años. No solo se ha convertido en la agenda musical más potente de la ciudad, ha recuperado la música al aire libre y ha revitalizado y hecho más accesible el barrio del Gancho. También ha hecho crecer de manera exponencial el nivel cultural de Zaragoza y los zaragozanos, convirtiéndose en un auténtico pulmón de arte, música, cine, teatro, escuelas infantiles, mercadillos y bailes, referencia de emplazamiento multidisciplinar artístico a nivel europeo.

Todo este servicio público, no lo olvidemos, desde una gestión privada sin subvenciones. Algunos se quejaron del precio de las entradas, otros de la sobreprogramación, algunos del ruido y el botellón y la gota que ha colmado el vaso la última semana ha sido la irrupción de una asociación de vecinos Lanuza-Casco Viejo exigiendo una remunicipalización de un complejo que nunca lo ha sido, aprovechando la situación de debilidad por alguna protesta vecinal.

Quizá la gente que concibe las Armas como un ente público se sienta con todo el derecho a demandar lo que se hace con sus impuestos, pero quizá convenga explicar que no es así. Las Armas como complejo, ya existía hace 5 años, y nadie lo conocía. No había programación interesante, la zona estaba bastante muerta y por supuesto no era referencia cultural de nada, amén del concurso irregular que dio su adjudicación.

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Fue Sergio Vinadé (Tachenko, El Niño Gusano) quien tras dejar su mítico Fantasma de los Ojos Azules se centró en la producción de conciertos y, tras reivindicar y defender su proyecto en los tribunales, se embarcó en esta aventura junto a Víctor Domínguez (Desafinado, Explosivo, Slap!). Dos románticos que anteponen su amor a la música antes que el rédito empresarial, y que cualquiera que se pase por allí o haya colaborado con ellos puede comprobar que pasan muchas más horas al día en el complejo que en su propia casa. Dos profesionales que pecan en demasía de no darse coba ni autobombo, y que podemos calificar con toda tranquilidad de los dos programadores más importantes de la ciudad en el último lustro. Sería absolutamente imposible ponernos a enumerar la cantidad de conciertos inolvidables que hemos vivido allí en estos 4 años gracias a ellos, imposible.

Igual también es importante matizar que Las Armas no es una mera sala que programe conciertos porque sí, para llenar y amortizar gastos. Los que ya conocemos un poco cómo funciona este mundillo tenemos muy claro que su agenda mensual distaría mucho de la que es. Porque la cantidad de propuestas minoritarias, underground y amateur que acoge y programa cada semana es incompatible con un negocio que solo busque forrarse. Porque 5 o 6 conciertos a la semana no los resiste ni una sala de una gran capital. Porque este artista tan genial que nunca ha pasado por Zaragoza tiene que venir aunque caiga en un día tan malo. Porque súmale conciertos gratis, y sesiones de dj al aire libre, mercadillos y otra edición más de aquello que salió fatal, y además con unas de las entradas más baratas de toda España. Todo eso mientras tú solo pagas las cañas que te estás bebiendo.

Las Armas no solo ejerce de pulmón cultural para media ciudad, también han sido el hogar que ha acogido a muchos colectivos amateurs con ganas de hacer cosas y aportar vidilla a la cultura zaragozana, que aunque estuvieran destinadas al fracaso pudieran realizarse y con un poco de confianza y muchas facilidades tener su oportunidad para crecer, como es nuestro caso.

Hace unos años cuando era más joven me preguntaba con perplejidad cómo esta ciudad pudo dejar morir escenarios tan míticos como el Rincón de Goya. Solo pensar en que este proyecto flaquee o desfallezca me rompe el alma, pero también entiendo que el amor al arte y el desgaste tienen límites. Quizá haya llegado el momento de devolverles ese oxígeno que llevamos 4 años respirando, y participar activamente como público en cuidar Las Armas.

Cuidemos el entorno, cuidemos a sus vecinos y cuidemos lo que tenemos, como mínimo valorándolo y apoyándolo en la medida que cada uno pueda aportar. Porque eso también es hacer ciudad y ya quisiera yo haber bailado de niño como esos chiquillos que veo en los conciertos del escenario exterior de algún domingo a la hora del vermut.

Las Armas ha convertido una Zaragoza gris en una Zaragozafelizfeliz, y ahora que estamos en technicolor, no es momento de relajarse ni bajar los brazos. Amigas y amigos, hay que cuidar las Armas.

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